De regreso

10 minutos después de mi viaje a Hermosillo, devuelta en el comedor con las ganas de escribir a máquina y sin cinta con la cual acoplarla, llegando de vuelta me doy cuenta de lo que pasó durante esta pasada semana. Las casi siete horas de ida y la media hora atrapada en el trafico fueron señales de que había llegado a donde pretendía ir, sin la mayor voluntad. Aprendí que las fiestas navideñas no son más que pretextos para olvidar la poca calidad con la que vivimos y la mínima agilidad con la que tratamos de darnos cuenta. Claro que las generalizaciones son estúpidas, pero ¿qué mas da cuando uno siente que tiene la razón?

Cada uno sabe su estrategia, yo quise ver, pero, vi y no vi nada, se pusieron de moda las preguntas superficiales que te hacen sentir haber completado satisfactoriamente tu papel de interesado. Y tal moda es tan inhumana como un mal chiste.

No queda más que hacer el papel de observador y poco ofendido, y es cuando apreciamos la magia de la invisibilidad, un sexto sentido dedicado al placer de la inmunidad.

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